Esta fiesta adquiere un significado aún mayor en la época de Salomón, cuando los sabios comprendieron la relación entre la fiesta de Shavuot y la aceptación de los Diez Mandamientos recibidos por Moisés en el Monte Sinaí (la Palabra de Dios).
Según la tradición judía, fue en Shavuot cuando Dios nos dio la Torá, que el pueblo judío transmitiría a toda la humanidad. Una celebración que reconoce a Dios como el proveedor de los frutos de la cosecha y que nos da Su Palabra, la cual propone una relación con Él y con nuestro entorno. Una Palabra que nos muestra de dónde venimos, quiénes somos y hacia dónde vamos, es decir, seres creados para la búsqueda de la verdad que libera y une, y que es responsable de transformar para bien su hábitat natural.
Al igual que en el Génesis, el Espíritu de Dios, (shekinah en hebreo) que da vida a la humanidad (Gn 2,7), que se hizo presente durante la travesía por el desierto y que se encarnó en el seno de la Virgen María, está presente en Pentecostés y allí donde las personas se reúnen en su nombre (Éx 20,24 y Mt 18,20), y que, por el don del Espíritu Santo, se nos revela.
En Pentecostés, somos, una vez más, renovados por el Espíritu de Dios y, así, seguimos escuchando la Palabra y siendo guiados por el Espíritu Santo que da vida.
