por Sor Dorothée Vahle
Aún no conozco el alcance total de mi fe. Me queda un largo camino por recorrer, y lo recorro cada día.
En el Primer Testamento, Dios le plantea a Job una pregunta retórica sobre el origen y el recorrido de la luz, preguntándole: “¿Cuál es el camino hacia la morada de la luz?” (Job 38:19). Ese es el camino que quiero seguir, personalmente y con mi comunidad.
Aún no conozco el alcance total de mi fe
Es el camino que, como comunidad de religiosas contemplativas, deseamos hacer visible a quienes nos claman: “¡Nuestras sandalias están gastadas a causa del camino tan largo!” (Jos 9, 13), y se preguntan: “¿Dónde y quién es aquel que dice ser ‘el Camino, la Verdad y la Vida’?” (Jn 14, 6).
Buscarlo y dejarnos encontrar por él para tomar con él su camino, a imagen de los discípulos en el camino de Emaús, y con toda persona de buena voluntad; este es el corazón de nuestra vida.
Es el camino que deseamos hacer visible a los que claman
¿Dónde está, entonces, el camino donde habita la luz? Nadie conoce este camino tan bien como María. María fue donde nadie había ido antes. Se adentró en lo desconocido de un nacimiento, ¡y qué nacimiento! Sabía que podía contar con la experiencia de su pueblo, el pueblo judío, que ha recorrido y sigue recorriendo la historia: un camino en el que se revela el amor incondicional y fiel de un Dios que libera y salva.
Hoy, junto con mis hermanas contemplativas, formamos una comunidad que va envejeciendo, pero que sigue muy viva y siempre “en camino”. La Madre de Jesús “está ahí”, como estuvo presente en el primer milagro de Jesús, cuando éste convirtió el agua en vino en las bodas de Caná. Sabemos que podemos contar con ella y con su apoyo incondicional.
María se adentró en lo desconocido de un nacimiento, ¡y qué nacimiento!
Con el paso de los años, sentimos que algo está llegando a su fin, pero que el camino hacia la luz no se detiene ahí. Cuando solo queda la fe en Aquel que lleva todas las cosas a su cumplimiento, lo que queda es el don, el don de la Vida. Acogerlo cada día con todo nuestro corazón es experimentar verdaderamente algo de la alegría de creer, y esta alegría trasciende los muros de nuestro claustro.
