Lo que nos unió no fue el acuerdo, sino algo mucho más desafiante: la disidencia.
La Conferencia Judeo-Cristiano-Musulmana (JCM) de 2026 reunió a académicos, líderes religiosos y practicantes para explorar un tema de gran actualidad: «Disidencia fiel: autocrítica y compromiso en las tradiciones religiosas». Es un tema profundamente conectado con el carisma de las Hermanas de Notre Dame de Sion, que fomentan el diálogo interreligioso y la búsqueda de la justicia y la paz mediante la organización de talleres y programas de estudio bíblico, la participación en conferencias y eventos, y el establecimiento de relaciones con personas de otras religiones. Para mí, este no fue solo un evento académico, sino que sigue formando parte de mi formación teológica continua y de mi apostolado docente.
Lo que descubrí en la conferencia amplió mi comprensión del desacuerdo, no como algo que debilita la fe, sino como algo que puede fortalecerla.
Una de las intervenciones que más me impactó fue la conferencia de la rabina Dra. Judith Rosen-Berry sobre la imposibilidad de la disidencia en un mundo posverdad. Nos recordó que la tradición judía valora la disidencia como un acto sagrado, arraigado en la compleja interpretación de la Torá y guiado por la humildad, el respeto y la búsqueda de la verdad.
Su conferencia me hizo reflexionar sobre lo frágil que se vuelve la búsqueda de la verdad cuando las sociedades tratan todos los puntos de vista como igualmente válidos. Me permitió apreciar más profundamente la disciplina del modo judío de debatir, en el que el desacuerdo, si se lleva a cabo con cuidado, puede cultivar el entendimiento mutuo y fortalecer la comunidad.
Esta reflexión renovó mi sentido del valor del debate reflexivo: uno que no divide, sino que conecta.
Partiendo de esta comprensión de la disidencia como una práctica significativa y disciplinada, la perspectiva cristiana puso de relieve la tensión entre la fidelidad y la crítica dentro de la propia tradición.
La Dra. Ana-Marija Raffaia hizo hincapié en que la disidencia fiel no es oposición por sí misma, sino una forma de amor: un compromiso con la verdad y la justicia que fortalece, en lugar de socavar, la vida comunitaria.
Argumentó que la verdadera fe requiere el valor de disentir cuando la Iglesia contradice el Evangelio, especialmente en cuestiones como la misoginia, el nacionalismo y la manipulación política. Su crítica no surge del rechazo, sino de una profunda lealtad a los valores cristianos, y debe expresarse de manera constructiva y no violenta. En este sentido, el disenso se convierte en una forma de conciencia teológica: un compromiso activo que busca alinear la práctica de la Iglesia con la justicia, la igualdad y la dignidad humana.
Esta perspectiva resonó en mi propia vocación, animándome a ver el diálogo y la crítica como herramientas para un compromiso constructivo. Desde esta perspectiva, el diálogo ya no es una mera conversación, sino una responsabilidad.
La contribución musulmana desplazó el foco de la teoría a la práctica. ¿Qué significa realmente vivir la disidencia en la vida real?
Moshe Morgan habló sobre la interacción entre la razón, la conciencia y la responsabilidad social a la hora de gestionar los desacuerdos dentro de las comunidades religiosas y entre ellas. Subrayó la importancia de equilibrar los ideales éticos con las realidades prácticas, haciéndose eco del concepto de Gillian Rose, presentado anteriormente por el rabino Rosen-Berry, del «medio roto»: un espacio dentro de la complejidad de la vida real donde las tensiones no se resuelven de forma clara, sino que se superan.
Esto me hizo reflexionar profundamente. La sugerencia de que el objetivo no son las soluciones perfectas, sino una justicia “suficientemente buena”, me invitó a reconsiderar cómo abordo el conflicto y la colaboración en mi propia vida cotidiana.
En conjunto, estas perspectivas revelaron una visión poderosa: la disidencia, cuando se practica con fidelidad, no tiene que ver con la división; es un acto disciplinado y relacional arraigado en la búsqueda compartida de la verdad.
Salí de la conferencia no solo con una comprensión más profunda de los enfoques interreligiosos del desacuerdo y el diálogo, sino también con reflexiones personales sobre la práctica de la fe en un mundo fracturado. Me recordó que la verdad es a la vez absoluta y relacional: surge a través del razonamiento disciplinado, la escucha atenta y el compromiso valiente con la diferencia. Las relaciones que cultivé durante la conferencia reforzaron la idea de que el diálogo no es solo un ejercicio intelectual, sino también una práctica relacional y espiritual.
Notre Dame de Sion fomenta el diálogo organizando talleres interreligiosos y programas bíblicos, contribuyendo a conferencias y eventos, y estableciendo relaciones con personas de otras confesiones. Al volver a mi apostolado docente y a mi trabajo comunitario, llevo conmigo estas reflexiones. Espero animar a los estudiantes y a la comunidad religiosa en la que participo a aceptar el desacuerdo como un camino hacia una comprensión más profunda y a abordar las conversaciones difíciles con humildad, paciencia y discernimiento.
En medio de las tensiones e incertidumbres de nuestro mundo moderno, la conferencia reforzó mi convicción de que las comunidades de fe pueden, juntas, dar testimonio de la verdad y la justicia, no a pesar de sus diferencias, sino a través de ellas.
Y quizá ahí es donde comienza el verdadero diálogo.
Hna. Maria Odor Malau NDS