Por
el mismo tiempo, diciembre de 1951, le escribe a Mère
Marie:
Ma Mère, es necesario que le explique
por qué hay que terminar con el nombre de primera Asistente.
Es contrario a la verdad, y usted sabe que siempre hemos buscado
establecer aquí el espíritu de la verdad; usted
espera que todas las hermanas adivinen que yo no puedo servir
más para nada, sobre todo cuando hay alguna cosa que
hacer.
Ellas son tan gentiles para no decir nada,
pero créame que esto falsea el juicio…
Querida y amada Mére Anne Josephe y todas,
He terminado con la correspondencia, usted
habrá sabido por qué. Ahora estoy bien, pero
siempre en cama; es la fiesta de Nuestro Padre, quiero al
menos fechar con este día este volver a empezar de
mis pobres líneas; no pudiendo darle nuevas noticias,
le diré lo antiguo, porque estoy en “plenitud
de soledad”, lo que favorece los recuerdos. Yo tenía
14 años cuando conocí a Nuestro Padre; su fiesta
era un acontecimiento
que se realizaba en el locutorio San Francisco de Sales, las
alumnas en medio, las hermanas a los lados, los Padres de
Sión al fondo contra el locutorio San Luis y Nuestro
Padre en medio de ellos. Ese año Mère Emilie
era prefecta de las alumnas y había escrito las palabras
que le dirigió entre las que hablaba de las últimas
fundaciones: San José y Bel Air, ¡la más
lejana y la más próxima! Al relato de esta casa
de América Central, en un país de monos y de
serpientes, yo me dije: “debe ser divertido ir allí”.
¡No sospechaba aún mi futuro! Mas yo tenía
una vocación aún velada.
Nuestro Padre contó después
la vida de San Teodoro, soldado y mártir, su grado
era cambiante; cada año de nuevo, una vez era cartero
y traía a Nuestro Padre todas las cartas de sus hijas;
otra vez era general, etc.; y sus restos fueron recogidos
por 3 hermanas de Sión, Mère Théodore,
M. Nathanaël y M. Théodorine: imagínese
cómo nos reíamos y cómo nos maravillábamos.
Y he aquí lo que me dicen, que Sor
Peter podría tener varicela, ¡podría ser
contagiosa! Recemos.
Tengo suerte que a mis 87 años no
se contagia.
Afectuosamente. Sor Marie Christine de Sión
(Carta del 9 de noviembre de 1952)
|